100% peruano
Los ómnibus, combis, micros, son un transporte público que le puede facilitar la vida a muchas personas. La mayoría se queja por la contaminación que éstos traen y otros por lo mal que los choferes manejan. Cuando nos subimos a uno de estos transportes, lo único que hacemos es buscar un buen asiento y tomar una siesta hasta llegar a nuestro destino o simplemente escuchar música e ignorar a todo el mundo. Muy pocas veces nos ponemos a mirar detalladamente lo que está a nuestro alrededor.
Elegí el recorrido de la 23A, me subí al ómnibus a las diez de la mañana con veintisiete minutos del domingo diez de agosto, en la cuadra 44 de la avenida Aviación. El carro estaba medio lleno, en los asientos había desde niños sentados en un mismo asiento para pagar un solo pasaje, hasta ancianos dormitando o rezando. Y Como el amor no podía faltar en este viaje, una pareja de enamorados estaban sentados al final del ómnibus y fueron todo el caminos abrazados y besándose.
Un señor muy peculiar subió al carro, en una mano agarraba fuertemente a su hijo de aproximadamente siete años y en la otra mano tenía una tomografía. El hablaba y hablaba, nadie le hacía caso, apenas y lo miraban de reojo. Pidió limosna y se bajó. Una cuadra después subió un chico a tocar con una quena “El cóndor pasa”. Algunos pasajeros le seguían el ritmo con el pie o la mano y otros simplemente lo ignoraban, pero al final el trabajo de este chico se cumplió, entretuvo por al menos unos minutos a todos los pasajeros y pudo ganar algunos soles.
A las diez con treinta y siete minutos el cobrador, haciendo sonar sus monedas en la mano pasa por el asiento de cada persona a cobrar los pasajes y claro, nunca falta la persona, en este caso señora, que hace un lío por pagar solo un sol, y no entiende que el recorrido que ella quiere hacer es largo o que en domingos y feriados se paga más. Éste señor, que grita a todo pulmón su ruta por la ventana del ómnibus para “jalar” gente, parecía tener una inteligencia admirable en lo números, ya que sin mostrar demora llevaba en su cabeza sumas, restas, vueltos, minutos perdidos y asientos por ocupar que prácticamente cambiaban cada cinco minutos. En todo el trayecto tenía y tiene que recordar los nombres de todas las calles, parques y avenidas por las que pasan, recordar que pasajero le pagó y cual no lo hizo. También parecen poseer una gran habilidad en el manejo de público. A las diez de la mañana con cuarenta y un minutos, entrando con rapidez a una curva, llegamos a la avenida Canadá. En ese momento el chofer aceleró increíblemente y en un par de minutos ya estábamos en el cruce con la avenida Santa Catalina, fue ahí cuando el cobrador bajó y corrió a una tienda a marcar una tarjeta.
Habría más de cuarenta y cinco personas en ese ómnibus, es increíble cuantas vidas estaban en ese carro. Cuantas historias, alegrías, tristezas y preocupaciones estaban en las cabezas de los pasajeros. Hay muchas personas que cuando suben a un transporte público (ómnibus, combi, micro), suelen buscar el asiento de uno para llegar a su destino y si no lo encuentran se sientan al lado del pasillo en un asiento de dos y ponen su bolso o mochila en el asiento del costado y si no traen nada, ponen una mala cara a cada persona que suba al carro para que no se sienten a su costado. Pero claro, nadie sube a un transporte público a hacer amigos, suben para llegar a un destino.
A las diez y cincuenta de la mañana, llegamos a la avenida Palermo, subieron aproximadamente nueve o diez pasajeros y el ómnibus se llenó e hizo que algunas personas vayan paradas, cogidas de los pasamanos o de asientos. Cuando pasamos por el parque Unión Panamericana, un vendedor de galletas subió. Lo que llamó mi atención fue que este señor vendía los chocolates a tres por un sol, y estos chocolates normalmente los encuentras en las tiendas a un sol cada uno. Y como era de imaginarse casi la mitad de los pasajeros los compraron. Algo gracioso fue que el señor hacía propaganda a sus galletas “Chaplin” que son muy conocidas, pero una vez que las comprabas y veías el nombre decía “Charlyn”, sin embargo el contenido era muy similar.
Dos chicos, de aproximadamente dieciocho años subieron al carro cuando llegamos a la avenida México, a las diez con cincuenta y cinco minutos, para deleitarnos con su música. Tocaron y cantaron “Sicuri” y “Anaconda” con una quena y un tambor. Es lamentable la cantidad de desempleo y pobreza que hay en el país que hace que estas personas recorran a pedir limosnas por llevarse un pan a la boca.
Unos minutos después, algunos pasajeros comenzaron a leer sus periódicos, hablar por celular y a otros les venció el hambre y comenzaron a comer alguna galleta o pan. Un niño se impacientó por llegar a su destino y quiso pararse o ponerse a jugar y con una sola miraba su madre hizo que se sentara nuevamente.
A las once de la mañana con quince minutos, llegamos a la tan contaminada avenida Abancay. Unos seis asientos del ómnibus se desocuparon, los chicos que estuvieron cantando se bajaron y un vendedor de agujas e hilos se unió al trayecto. Algunos señores y señoras cogieron muy fuerte sus cosas, con miedo a que les roben y pusieron una mala cara cuando el vendedor paso por su asiento ofreciéndoles su producto.
Mi destino era el distrito del Rímac, en el puente Ricardo Palma (que cruza el río Rímac). A este lugar llegué a las once de la mañana con treinta minutos. El recorrido solo duró una hora con tres minutos, a pesar de ser domingo no hubo mucho tráfico. La experiencia fue muy agradable, ya que como lo dije al comienzo, cuando uno se sube a un ómnibus, micro o combi no se pone a observar a las personas que están ahí, simplemente se ponen a mirar por la ventana para ver cuanto falta para llegar a su destino. Es muy interesante ponerse a observar el comportamiento, las actitudes y personalidades de los pasajeros, choferes y cobradores. Uno nunca sabe lo que puede pasar, y un viaje en uno de estos transportes puede ser agotador y frustrante a veces, pero nunca aburrido ya que los personajes que se pueden ver son únicos.













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